Amaya Ximena: Pintar Lo Que Las Palabras No Alcanzan A Decir
Entre México y Europa, Amaya Ximena transforma memoria, duelo, ausencia e intimidad en imágenes. Ahora, mientras prepara exposiciones en Londres y Ámsterdam, busca que su obra viaje sin desprenderse de sus raíces.
¿En qué momento una experiencia íntima deja de pertenecer únicamente a quien la vivió?
Para Amaya Ximena, la respuesta comienza con un gesto aparentemente sencillo: permitir que alguien más mire. La artista mexicana ha construido buena parte de su práctica alrededor de territorios difíciles de traducir verbalmente —la memoria, el duelo, la ausencia, la intimidad y la experiencia emocional— utilizando la pintura como un espacio donde aquello que alguna vez fue privado puede adquirir una segunda vida frente a los ojos de otra persona.
Su trabajo parte frecuentemente de experiencias personales, pero no pretende encerrarlas dentro de una interpretación única. Amaya trabaja con óleo, acrílico, dibujo, ilustración digital y cerámica, disciplinas que utiliza de maneras distintas para acercarse a emociones, recuerdos e imágenes que aparecen tanto en la vida cotidiana como en su imaginación. Gran parte de su recorrido artístico se ha desarrollado entre Italia y España, mientras México permanece como una raíz constante dentro de su manera de observar y crear.
“Creo que una experiencia deja de ser solamente tuya cuando te atreves a compartirla creando una obra sin miedo y a buscarle un lugar fuera de ti”, explica.
Para ella, esa transformación ni siquiera necesita comenzar dentro de una galería. Desde el instante en que una imagen abandona el espacio privado y se encuentra con otra mirada, aparece la posibilidad de una identificación. La historia del espectador puede ser completamente distinta a la de la artista y, sin embargo, algo puede coincidir.
Ahí comienza buena parte del universo de Amaya Ximena: en la distancia que existe entre lo que ella vivió y aquello que otra persona puede sentir al mirar lo que creó.
El Duelo Que Terminó En Carboncillo
Durante abril de 2026, una pérdida llevó esa relación entre emoción y creación hacia un lugar particularmente directo. Su gato murió repentinamente. Lo había adoptado con ilusión y se había convertido en una presencia cotidiana, en un compañero que atravesaba junto a ella los días y su proceso creativo.
Después de su muerte, Amaya no sintió inmediatamente la necesidad de construir una pintura que lo representara. Tampoco quería explicar lo sucedido. Las palabras no alcanzaban —o quizá simplemente no eran el lenguaje adecuado para aquel momento.
Entonces tomó un carboncillo.
Comenzó a rayar hojas grandes y continuó haciéndolo hasta gastarlo por completo. No apareció el retrato de su gato ni una representación figurativa de la pérdida. Lo que apareció fue el movimiento: el cuerpo descargando sobre el papel aquello que ella no podía o no quería verbalizar.
“Simplemente dejaba que mi cuerpo se moviera y que el trazo sacara todo eso que yo no quería, o no podía, decir con palabras”, recuerda.
Ese ejercicio se convirtió en una primera forma de procesar la ausencia. Y permite entender algo fundamental sobre su práctica: para Amaya, crear no necesariamente significa ilustrar aquello que sucedió; a veces significa encontrar una forma física para una emoción que todavía no tiene imagen.
La Pintura Como Un Idioma Privado
Expresar verbalmente sus emociones nunca ha sido particularmente sencillo para ella. Desde hace años encontró en el dibujo y la pintura una forma de comunicación que le resulta más natural que explicar exactamente qué siente.
Esa diferencia modifica también su relación con la intimidad.
En lugar de establecer una frontera rígida entre aquello que puede revelar y lo que debería permanecer oculto, intenta trabajar desde lo que considera más honesto. Una pintura puede nacer de algo profundamente privado sin necesidad de entregar al espectador todos los detalles que dieron origen a la pieza. La imagen permanece abierta.
“Me siento más cómoda dejando que las personas vean una obra y la interpreten desde su propia experiencia, que explicándoles exactamente lo que estoy sintiendo”, señala.
Por eso, cuando alguien contempla una de sus pinturas y descubre una emoción diferente de aquella que la originó, Amaya no considera que exista una lectura equivocada. Ocurre precisamente lo contrario.
“Pienso que en ese momento la obra ha cumplido su propósito”.
No necesita que el público reconstruya su historia. Si alguien se detiene, recuerda, se conmueve o reconoce algo propio, la pieza ya produjo el encuentro que estaba buscando.
Cuatro Técnicas, Cuatro Maneras De Hablar
Aunque la pintura ocupa un lugar central dentro de su identidad, Amaya Ximena no trabaja desde una única disciplina. Y esa diversidad no responde solamente a una exploración técnica: cada medio parece permitirle relacionarse de una manera diferente con aquello que quiere expresar.
La cerámica es el territorio donde convierte en objetos tangibles formas provenientes de sueños y de su imaginación. Le interesa que aquello que anteriormente solo existía dentro de su mente pueda adquirir volumen, presencia y la posibilidad de ser tocado.
La pintura ocupa otro lugar. Es, según ella, su forma más honesta de expresión: el espacio donde puede soltar la mano y permitir que el proceso responda a lo que está sintiendo.
El dibujo, en cambio, funciona también como una herramienta contra el bloqueo. Dibujar modelos en vivo u objetos cotidianos le permite mantener activa la observación y continuar practicando incluso cuando todavía no sabe qué quiere trasladar a un lienzo.
Finalmente aparece la ilustración digital, que describe como una especie de puente entre dibujo y pintura. Allí puede almacenar bocetos, combinar ideas, experimentar y construir composiciones antes de que desaparezcan de su memoria.
No son únicamente cuatro técnicas. Son, de alguna manera, cuatro posibilidades distintas de convertir una experiencia interior en algo visible.
Mirar A México Desde Lejos
Una parte importante de su formación y trayectoria ha ocurrido fuera de México. Italia y España se convirtieron en escenarios importantes de ese recorrido y, paradójicamente, la distancia terminó haciendo que determinados elementos de su identidad mexicana adquirieran todavía más presencia.
Hay un tema particularmente significativo: la muerte.
Amaya ya estaba interesada en trabajar alrededor de la pérdida, pero vivir fuera de su país la llevó a observar con otros ojos la manera en que México convive culturalmente con ella. No solamente desde el dolor, sino también desde la memoria, el cariño y la celebración.
“Hay cosas que, cuando estás en tu país, puedes dar por sentadas, pero al estar lejos te das cuenta de toda la riqueza, la magia y la fuerza que existen en sus tradiciones y en su gente”, reflexiona.
La distancia produjo nostalgia, pero también orgullo. México dejó de funcionar únicamente como el lugar de procedencia para convertirse en una perspectiva desde la cual interpretar lo que encuentra afuera.
“México sigue siendo la raíz desde la que miro, siento y hago mi trabajo”.
Y esa raíz comienza ahora a encontrarse con una trayectoria cada vez más internacional.
Oaxaca
Esa relación aparece de manera especialmente visible dentro de algunos de sus proyectos de arte digital.
Después de viajar por distintas regiones de Oaxaca, Amaya comenzó a incorporar experiencias y observaciones de esos lugares a su trabajo. Pero existe una preocupación importante: representar la cultura mexicana sin reducirla a símbolos utilizados únicamente como decoración.
Su punto de partida intenta ser la experiencia directa.
En obras digitales ha explorado el paisaje mexicano combinando diferentes procedimientos. Puede construir primero una superficie abstracta a partir de los colores de una escena y después superponer un dibujo procedente de otra imagen. La intención es permitir que ambas dimensiones convivan: una más atmosférica y emocional; otra relacionada con las personas y las historias que existen dentro del territorio.
Un ejemplo es La cañada (2026), ilustración digital en la que incorpora a recolectores de caña dentro de esa búsqueda visual.
La tecnología, en este contexto, no aparece como sustitución de la tradición, sino como una herramienta para trabajar con diferentes capas de identidad. No se trata de ofrecer una imagen definitiva de México, sino de aceptar que existen muchas maneras contemporáneas de hablar sobre él.
Viajar También Significa Descubrirse
Los países por los que ha pasado no solamente modificaron su trabajo.
También modificaron a Amaya.
Viajar sola la obligó a descubrir capacidades que anteriormente no sabía que tenía. Algunas situaciones que tiempo atrás parecían imposibles comenzaron a convertirse en parte natural de su recorrido. Con cada desplazamiento apareció una versión más curiosa, independiente y dispuesta a buscar oportunidades.
“En el camino he ido dejando atrás muchos miedos”, reconoce.
Esa evolución incluye una decisión importante para cualquier artista que intenta construir una trayectoria internacional: dejar de esperar a que aparezca una invitación y comenzar a buscar activamente los espacios donde quiere estar.
Amaya habla de una versión de sí misma que pregunta más, investiga, conecta con personas y trata de abrirse camino por cuenta propia. Viajar se convierte así en un proceso doble: descubrir qué existe fuera, pero también comprobar qué existe dentro.
Quizá por eso su obra y su propia trayectoria parecen compartir una lógica similar. Ambas comienzan desde lo íntimo y avanzan hacia lo desconocido.
Londres Y Ámsterdam: La Obra
Ese movimiento tendrá un nuevo capítulo en octubre de 2026, cuando Amaya Ximena tiene previstas dos exposiciones internacionales: una en Londres y otra en Ámsterdam.
Profesionalmente, las muestras representan un paso importante dentro de su expansión fuera de México. Pero emocionalmente existe algo todavía más interesante: obras nacidas de experiencias extremadamente personales viajarán miles de kilómetros hasta encontrarse con personas que no conocen a Amaya, que probablemente ignoran las historias originales detrás de cada pieza y que pertenecen a contextos culturales completamente diferentes.
¿Podrá una emoción privada sobrevivir a esa distancia?
Para la artista, esa pregunta es precisamente parte de la emoción.
“Mis obras nacen de experiencias bastante íntimas, así que imaginar que viajarán tan lejos y que alguien puede encontrar algo propio en ellas me parece muy especial”.
Las exposiciones también abrirán otro tipo de conversación: el encuentro de sus piezas con las obras de otros artistas. Amaya entiende esas instancias no solamente como vitrinas, sino como espacios donde distintas formas de observar el mundo pueden coexistir.
Hacer Duelo Por Quienes Fuimos
Su exploración del duelo, entretanto, continúa expandiéndose.
Porque no todas las pérdidas tienen un funeral.
Actualmente, Amaya está interesada en el duelo por versiones anteriores de sí misma: las personas que alguna vez fue y las experiencias que tuvo que atravesar para llegar hasta su presente.
También comienza a regresar a episodios que anteriormente no podía convertir en imágenes. Experiencias vinculadas con enfermedades de personas cercanas, relaciones amorosas terminadas, desapegos y personas que ocuparon lugares importantes en su vida permanecieron durante años demasiado cerca del dolor como para ser observadas artísticamente.
El tiempo ha cambiado esa relación.
Los recuerdos siguen presentes, pero ahora existe suficiente distancia para regresar a ellos y preguntarse qué dejaron.
Hay ausencias que quizá ya no duelen de la misma manera, pero continúan formando parte de quien las sobrevivió.
Esa idea coloca su obra en un territorio más amplio que la representación de una pérdida concreta: el duelo aparece como una manera de observar las huellas que dejan personas, lugares, vínculos y antiguas versiones de nosotros mismos.
Crecer Hacia Afuera Sin Alejarse De Casa
La expansión internacional de Amaya Ximena no implica una despedida de México. Mientras su trabajo encuentra nuevas posibilidades en Europa, una parte importante de sus próximos objetivos permanece vinculada con su país y con Latinoamérica.
Quiere participar en galerías, ferias y museos en México, encontrar nuevos espacios para su obra y conectar con artistas mexicanos y latinoamericanos a quienes admira. También contempla colaboraciones y proyectos capaces de contribuir a promover tanto el arte como a quienes lo producen.
“Para mí, crecer en el extranjero no significa despedirme de mi país”, afirma. “Al contrario, quiero mantener ese contacto vivo con México y llevar conmigo esa identidad a cada lugar al que vaya”.
Esa intención termina definiendo con bastante precisión el momento que atraviesa.
Entre México, Italia, España, Londres y Ámsterdam, Amaya Ximena está construyendo una trayectoria que se desplaza geográficamente sin abandonar su punto de origen. Su ambición internacional no parece consistir en diluir aquello que la identifica para adaptarse a otros circuitos, sino en descubrir hasta dónde pueden viajar sus imágenes conservando la experiencia desde la que fueron creadas.
Y quizá ahí se encuentre también la medida más interesante de su crecimiento.
Amaya imagina encontrarse dentro de muchos años con alguna de las pinturas realizadas durante esta etapa y recordar “el amor tan grande” que siente por el arte, pero también a una versión de sí misma que todavía estaba comenzando: buscando oportunidades, viajando, aprendiendo y confiando en su voz incluso cuando sentía miedo o no tenía todo resuelto.
Antes de conocer su nombre, antes de leer una ficha técnica y antes incluso de descubrir la historia detrás de una pieza, hay algo mucho más sencillo que le gustaría provocar.
Que quien la mire sienta algo.
Que se reconozca, se conmueva o se sienta acompañado sin saber exactamente por qué. Y, especialmente para otros artistas que todavía dudan de su propio lugar, que exista una posibilidad adicional: mirar esa trayectoria y comprender que no existe una única manera correcta de ser artista.
Porque, después de todo, para Amaya Ximena la pintura comienza allí donde muchas veces terminan las explicaciones.
En ese extraño lugar donde dos personas que nunca se han conocido pueden reconocerse sin necesidad de decir una sola palabra.



