Sara Arias: Cuando La Música Se Convierte En Una Forma De Acompañar Vidas
Desde San José, Costa Rica, Sara Arias lleva más de dos décadas escribiendo canciones atravesadas por la fe. Pero su historia no termina en estudios, plataformas digitales o escenarios: desde hace alrededor de 15 años también acompaña a jóvenes en riesgo social en La Carpio, mientras desarrolla una vida profesional vinculada a la comunicación, la traducción y la interpretación. Su recorrido plantea una idea que atraviesa toda su historia: ¿qué sucede cuando una canción deja de pertenecer solamente a quien la escribió y comienza a formar parte de la vida de otras personas?
Antes De Las Canciones
Mucho antes de publicar un disco, Sara Arias ya escribía. Su abuela le enseñó a leer cuando tenía aproximadamente cuatro años y, apenas pudo transformar pensamientos en palabras, comenzaron a aparecer poemas e historias breves. La creatividad llegó antes que cualquier intención profesional. Incluso sus primeras composiciones estuvieron dirigidas a niños. Recuerda especialmente una canción sobre un pequeño herido que le preguntaba a Dios por qué permitía el sufrimiento hasta descubrir, dentro de aquella historia, que nunca había estado completamente solo. Sara formaba parte de un coro infantil de la iglesia, tocaba el teclado, cantaba y comenzó a escribir canciones para ese mismo espacio. En aquel momento todavía no pensaba demasiado en conceptos como carrera artística, industria o composición.
“Creo que al inicio no sabía que las canciones podían expresar tanto; fue algo natural para mí”, recuerda.
Durante la secundaria continuó escribiendo poesía y, casi sin advertirlo, construyó el lenguaje que años después terminaría convirtiéndose en una parte esencial de su vida.
La música había estado presente prácticamente desde su infancia. Antes de considerarse cantante aprendió elementos de piano clásico y participó en coros estudiantiles y religiosos. Debido al trabajo de su madre, su familia vivió durante algunos años en Estados Unidos, donde continuó tomando clases de piano y participando en actividades musicales infantiles. En casa también existía una banda sonora permanente. En Costa Rica escuchaban emisoras cristianas como Faro del Caribe y Sendas de Vida, mientras artistas de habla inglesa y española ampliaban su universo: Michael W. Smith, Amy Grant, Steve Green, Petra, 33 DC, Dany Berríos y Marcos Witt, entre otros. La fe y la música no aparecieron entonces como dos caminos que en algún momento Sara decidió unir. Desde el comienzo habían formado parte del mismo entorno.
2002: Volver A Escribir
Un momento particularmente importante ocurrió en 2002, durante un congreso de Danilo Montero. Sara recuerda una oración relacionada con los talentos y con personas que pudieran llevar el mensaje de Dios mediante la música. A partir de aquella experiencia volvió a escribir letras y melodías inspiradas tanto en pasajes bíblicos como en vivencias personales. Muchas de esas composiciones terminaron formando el material de su primer álbum. Un año después, en 2003, comenzó además a desempeñarse como directora de alabanza en la iglesia, una responsabilidad desde la que profundizaría su comprensión de la música congregacional y de la adoración no únicamente como interpretación, sino como práctica cotidiana.
En 2005 llegó finalmente su primer álbum, compuesto por 13 canciones originales y producido por el español Eduardo Olivé. Entre sus canciones se encontraban “Me has hecho bien”, “Solo en Ti” y “Sobran las razones”, dentro de un trabajo que combinaba diferentes aproximaciones al pop con mensajes de esperanza, agradecimiento y fe. Detrás de aquel lanzamiento existía también una historia familiar. Sara recuerda especialmente el esfuerzo de su padre, quien reunió el dinero necesario para realizar la grabación. Mirado desde el presente, aquel gesto adquiere un significado que va más allá de financiar un disco: representó una familia apostando por una compositora que todavía estaba comenzando a descubrir hasta dónde podían viajar sus canciones.
Con el tiempo aparecieron nuevos títulos de su autoría, entre ellos “Digno Eres”, “No voy a temer”, “Prométeme”, “Closer”, “Abba” y “Ante Ti”, además de colaboraciones con productores costarricenses como Danny Brenes de Fuego y Diego Soto. Sara reconoce una diferencia entre aquella primera etapa y su trabajo posterior. Su álbum debut estaba especialmente atravesado por experiencias personales, mientras que varios de sus sencillos más recientes se acercan de manera más directa a la música congregacional y a la exaltación de Dios. Sin embargo, existe algo que considera inalterable: la intención de utilizar aquello que escribe para llegar emocionalmente a otras personas. Muchas de sus canciones comenzaron como hojas impresas guardadas en una carpeta. Después, al cantarlas públicamente, empezaron a ocurrir conversaciones que Sara no había previsto.
¿Una Canción Deja De Pertenecer A Su Autora?
Una de esas experiencias ocurrió alrededor del lanzamiento de su disco de 2005. Durante la promoción radial, una joven de la zona sur de Costa Rica consiguió su número de teléfono y la llamó un día antes del concierto de presentación. Le contó que se encontraba atravesando una crisis emocional severa y que había considerado quitarse la vida, pero después de escuchar “Solo en Ti” decidió buscar ayuda. Sara habló con ella durante aproximadamente una hora y consiguió ponerla en contacto con una iglesia de su localidad. Nunca llegó a conocer personalmente a aquella mujer, pero la conversación modificó profundamente su manera de comprender el alcance de una canción. Para Sara, historias como esa reforzaron una convicción que continúa apareciendo cuando habla de su obra: la música puede convertirse en acompañamiento cuando alguien atraviesa uno de los momentos más vulnerables de su vida.
La misma idea aparece años después en el testimonio de su amiga Rebeca, quien relacionó otra de sus canciones, “¿A quién tengo yo en el cielo?”, con momentos de ansiedad, tristeza y lucha emocional. Rebeca describe la canción como un recordatorio de refugio, esperanza y fe cuando siente que sus propias fuerzas se terminan. Sara observa experiencias como esta desde una frase que resume buena parte de lo que pretende construir como compositora: “Yo creo que mi música es para sanidad y eso se ve en los testimonios”. No habla únicamente de una canción capaz de entretener durante algunos minutos, sino de composiciones que, desde su perspectiva de fe, puedan entrar en momentos donde alguien necesita consuelo, compañía o una manera diferente de expresar aquello que está viviendo.
“Nada Es Imposible Para Dios”
Esa dimensión aparece de manera particularmente clara en “Nada es imposible para Dios”, sencillo presentado en noviembre de 2024. La canción está inspirada en Lucas 1:37 y en la historia bíblica de María. Sara explica que siempre le impresionó la fe de aquella joven frente al anuncio de que sería madre de Jesús y la manera en que aceptó algo que parecía superar cualquier explicación humana. Sin embargo, hay un detalle importante: la canción no nació inmediatamente antes de su lanzamiento. Había sido escrita más de diez años atrás y permaneció guardada hasta que Sara sintió que había llegado el momento adecuado para grabarla.
“A todo mensaje le llega su momento”, explica.
La producción y los arreglos estuvieron a cargo de Abraham Artavia, de Estudios A2, mientras la mezcla y masterización fueron realizadas por Alberto Ortiz, de Jungle Sound Studio. La instrumentación reunió a Héctor Alpizar en bajo, Miguel Palacios en batería, Carlomagno Gonzalo en teclados y Abraham Artavia en guitarras, acompañados por las voces de Ericka Sánchez, Judith Quesada y el pastor Minor Ceciliano. Musicalmente, la canción desarrolla una declaración directa de confianza en Dios; pero su historia terminó adquiriendo otra dimensión cuando comenzó a cruzarse con experiencias reales de personas cercanas a Sara.
Entre ellas se encuentra la historia de Naty y Geudy. La pareja había atravesado la muerte de su hijo de aproximadamente un año, iniciando un proceso de duelo que se extendería durante años. Sara formó parte de ese acompañamiento y los invitó incluso a participar en el video de “Nada es imposible para Dios” mientras todavía atravesaban aquella etapa. Para ellos, la canción terminó convirtiéndose en parte de ese recorrido. “En medio de ese profundo dolor, Dios nos seguía sosteniendo de la mano cada día”, explican. Tres años después volvieron a ser padres, una experiencia que interpretan desde su fe como una respuesta y una nueva etapa después de la pérdida. “Para nosotros como familia, ‘Nada es imposible para Dios’ lo hemos vivido sabiendo que, a pesar de habernos encontrado caminando en un valle de sombra de muerte, pudimos seguir adelante a pesar del dolor”, cuentan. La composición que Sara había guardado durante más de una década terminó entrando así en una historia que no existía cuando fue escrita.
La Carpio: La Música Fuera Del Escenario
Pero existe otro territorio sin el cual resulta difícil comprender realmente su recorrido. Desde hace alrededor de 15 años, Sara trabaja como mentora de jóvenes en riesgo social en La Carpio, San José, colaborando con CCI Seguidores de Jesús. Llegó allí después de que unos misioneros la conectaran con un grupo de jóvenes interesados en aprender sobre música y adoración. La Carpio, marcada por problemáticas vinculadas a pobreza, migración y vulnerabilidad social, planteaba un contexto completamente diferente al de un escenario convencional. Sara aceptó enseñar, pero con el paso de los años asegura que la experiencia terminó transformándola también a ella.
Su manera de trabajar parte de una idea sencilla: el objetivo no es necesariamente fabricar grandes músicos. Cuando un adolescente se encuentra construyendo su identidad y además atraviesa un entorno complejo, aprender música puede convertirse también en aprender disciplina, responsabilidad, perseverancia, trabajo en equipo y compromiso. Para Sara, antes que perfeccionar una técnica existe la necesidad de interesarse genuinamente por la persona que está delante.
“Lo más importante es interesarse en ellos como personas y crear lazos reales de amistad”, explica.
Ha visto a jóvenes atravesar violencia, carencias y situaciones difíciles y, aun así, continuar estudiando, trabajando y construyendo proyectos de vida. Algunos de aquellos adolescentes ahora están casados, tienen hijos y han asumido posiciones de liderazgo dentro de su comunidad. Dos llegaron a convertirse en pastores de música.
Una de esas historias es la de Itzayana Vásquez, pastora de músicos de Seguidores de Jesús en La Carpio. Itzayana conoció a Sara hace aproximadamente 16 años a través de un grupo musical. Lo que comenzó alrededor de canciones terminó convirtiéndose en una relación mucho más profunda. La describe como mentora, consejera, amiga y una persona presente en decisiones importantes de su vida, incluso en momentos donde enfrentaba dificultades económicas. “Su apoyo ha significado muchísimo para mí, porque no se ha limitado únicamente a palabras, sino que ha estado presente de manera real y constante a lo largo de los años”, cuenta.
Itzayana creció musicalmente, aprendió a cantar y tocar el bajo y terminó desarrollando su propio liderazgo. Hoy tiene una familia y es madre de Sofía. Para ella, una de las principales enseñanzas recibidas de Sara fue comprender que hacer música puede tener un propósito mucho más amplio que dominar un instrumento. Puede significar servir, acompañar y orientar. Sara, por su parte, recuerda haber conocido a una joven tímida que atravesaba una situación familiar marcada por pobreza, violencia y abuso de sustancias. El proceso no fue inmediato ni sencillo, pero años después puede observar la transformación de aquella adolescente convertida en una mujer que ahora acompaña a otros desde el mismo lugar en el que alguna vez necesitó acompañamiento.
De Costa Rica A Iglesias De Europa Y América
La música también llevó a Sara fuera de Costa Rica. A lo largo de su trayectoria ha cantado en Estados Unidos, Guatemala, Colombia y Ecuador, incluyendo una participación en Radio HCJB, además de presentaciones y actividades en comunidades latinas de Londres, Ámsterdam, el sur de Alemania y Suiza. Entre esos viajes conserva especialmente recuerdos de Zúrich. En una de las iglesias que visitaron llegó, según relata, un grupo de personas gitanas que participó de la actividad. Sara recuerda que una de las mujeres se acercó posteriormente para pedir oración por una hija que se encontraba en Italia y atravesaba un problema de salud. Para ella, el episodio volvió a demostrar que el escenario, en su proyecto, siempre ha sido secundario frente al encuentro humano que puede ocurrir alrededor de la música.
En otra iglesia de Zúrich compartió con mujeres latinoamericanas que habían salido de contextos de prostitución. Experiencias de ese tipo terminaron ampliando su comprensión de aquello que significa llevar una canción a otro país. Una carrera internacional podría describirse simplemente acumulando ciudades, escenarios o sellos migratorios; Sara prefiere recordar personas. Londres, Ámsterdam, Alemania, Suiza, Guatemala, Colombia, Ecuador o Estados Unidos aparecen en su historia no solamente como lugares donde cantó, sino como espacios donde encontró comunidades atravesando procesos completamente diferentes. La constante era la misma: música y un mensaje de esperanza desde su fe cristiana.
Una Vida Construida Alrededor De La Comunicación
Existe además otra dimensión de Sara que explica por qué su historia se mueve con naturalidad entre canciones, idiomas, iglesias y procesos de mentoría. Es comunicadora graduada de la Universidad de Costa Rica y posteriormente realizó una maestría en Gestión Cultural en Estados Unidos. También trabaja como traductora e intérprete, además de su labor como vocalista, compositora y mentora. A primera vista podrían parecer profesiones separadas, pero ella encuentra un eje común: la comunicación.
“Como artistas traducimos lo que escuchamos en notas y letras para crear las canciones y como mentores comunicamos el amor de Dios a los demás por medio de comunidad”, explica.
Ese recorrido también le permite observar cuánto ha cambiado la música desde aquel álbum de 2005. Plataformas digitales, redes sociales, reproducciones, algoritmos y métricas forman hoy parte de una industria radicalmente diferente. Para Sara, sin embargo, el reto principal no consiste solamente en adaptarse tecnológicamente. Desde su visión cristiana, considera que el desafío es evitar que la exposición, las cifras y el entretenimiento sustituyan aquello que originó el proyecto. Su postura puede resumirse en una frase especialmente contundente: “Jesús nos llama a hacer discípulos, no seguidores en redes sociales”. La declaración explica buena parte de la distancia que intenta mantener frente a una lógica artística donde el éxito suele traducirse inmediatamente en visualizaciones o seguidores.
Lo Que Todavía Falta Por Escribir
Después de más de dos décadas publicando música, Sara no habla de su trayectoria como una historia terminada. Quiere continuar componiendo, explorar otros estilos musicales y mantener el mensaje cristiano como eje de sus proyectos. También le gustaría producir para otros artistas, escuchar sus canciones interpretadas por nuevas voces y acompañar a personas interesadas en desarrollarse como cantautores. Su mirada se dirige especialmente hacia América Latina, donde considera que existe enorme talento todavía por valorar.
“Debemos creer más en lo local, en lo propio, y no solo copiar estilos extranjeros, sino valorar lo que Dios ha depositado en cada uno”, sostiene.
Quizás allí aparece la conexión entre todas las versiones de Sara Arias. La niña que escribía historias después de aprender a leer con su abuela; la adolescente del coro; la compositora que guardaba letras impresas en una carpeta; la joven cuyo padre hizo un enorme esfuerzo económico para ayudarla a grabar su primer disco; la directora de alabanza; la intérprete y comunicadora; la mujer que ha cantado fuera de Costa Rica; y la mentora que durante años ha regresado a La Carpio para acompañar a jóvenes mientras crecen. La música aparece en todas esas etapas, pero rara vez como protagonista absoluta. Funciona más bien como un puente.
Y quizá por eso “Nada es imposible para Dios” encuentra un lugar tan preciso dentro de su historia. Una canción escrita muchos años antes de ser publicada terminó acompañando a una familia durante un duelo, formando parte de un video realizado en medio de aquel proceso y adquiriendo un nuevo significado cuando Naty y Geudy volvieron a convertirse en padres. Otra canción fue escuchada por una joven durante una crisis y dio lugar a una llamada que Sara todavía recuerda más de veinte años después. En La Carpio, enseñar música terminó creando relaciones que atravesaron adolescencia, adultez, matrimonio, maternidad y liderazgo. Sara Arias comenzó escribiendo porque las canciones aparecían naturalmente. Con los años descubrió que, una vez que salen de sus manos, pueden comenzar a escribir historias en la vida de otras personas.





