María José Sevilla Moreira: El Violonchelo Que Llegó Casi Por Casualidad Y La Decisión De No Renunciar A Ningún Sueño

Entre aulas, escenarios y laboratorios, la violonchelista costarricense ha construido una historia donde la disciplina, la resiliencia y la pasión demuestran que el arte y la ciencia no solo pueden convivir, sino impulsarse mutuamente para transformar vidas.

Foto de María José Sevilla Moreira: El Violonchelo Que Llegó Casi Por Casualidad Y La Decisión De No Renunciar A Ningún Sueño

Cuando La Pasión Se Niega A Elegir Un Solo Camino: Una Infancia Donde La Curiosidad Marcó El Destino

En un mundo donde con frecuencia se obliga a las personas a elegir entre la estabilidad profesional y la vocación artística, María José Sevilla Moreira decidió recorrer un camino distinto. Violonchelista, ingeniera en Diseño Industrial y docente en distintas instituciones educativas de Costa Rica, su historia está marcada por una convicción que desafía cualquier estereotipo: no siempre es necesario renunciar a un sueño para alcanzar otro.

Su trayectoria no responde a un recorrido convencional. Mientras muchos músicos dedican toda su vida exclusivamente al escenario y numerosos profesionales optan por abandonar el arte al ingresar a la universidad, María José encontró una forma de hacer convivir ambas realidades. El resultado es una carrera construida con disciplina, sacrificio y una profunda vocación de servicio que hoy inspira tanto a estudiantes como a colegas.

Pero llegar hasta este punto no fue sencillo. Detrás de cada concierto, cada clase impartida y cada proyecto de ingeniería existe una historia de esfuerzo silencioso, largas jornadas de estudio, viajes interminables entre ciudades y decisiones difíciles que moldearon a la profesional que es en la actualidad.

Desde muy pequeña, María José creció en un entorno donde aprender era una forma de vivir. Su madre la incentivó desde los cuatro años a participar en distintas actividades como pintura, karate y música, desarrollando una personalidad inquieta que con el tiempo se convertiría en una de sus mayores fortalezas.

Sin embargo, contrario a lo que muchos podrían imaginar, la música no fue su primera pasión. Durante su infancia se sintió mucho más atraída por las artes plásticas, la construcción de objetos y la curiosidad por comprender cómo funcionaban las cosas. Incluso llegó a pensar que la medicina sería el camino ideal para ayudar a las personas.

«Siempre me he considerado una persona curiosa. Me gustaba armar y desarmar cosas para entender cómo funcionaban», recuerda al hablar de aquellos primeros años donde todavía no imaginaba que el violonchelo terminaría ocupando un lugar central en su vida.

Ese interés por descubrir, analizar y crear sería precisamente la base que años después la conduciría hacia la Ingeniería en Diseño Industrial, una carrera que, lejos de alejarla del arte, terminaría complementando su sensibilidad musical.

El Violonchelo Que Llegó Casi Por Casualidad, La Decisión Más Difícil: No Renunciar A Ningún Sueño

La historia entre María José y el violonchelo comenzó de una forma inesperada. Mientras seguía los pasos de su hermana mayor, quien había ingresado al Sistema Nacional de Educación Musical (SINEM) de Puntarenas, decidió que también quería aprender un instrumento.

Su elección fue, según ella misma reconoce entre risas, bastante espontánea.

«Le dije a una profesora que quería un instrumento fácil. Ella me respondió que el violonchelo no era fácil, pero que al menos se tocaba sentado.»

Aquella respuesta terminó cambiando por completo el rumbo de su vida.

Lo que comenzó como una elección casi accidental se transformó rápidamente en una relación profunda con un instrumento que terminaría acompañándola durante décadas. Con el paso del tiempo descubrió en el violonchelo una forma de expresar emociones difíciles de explicar con palabras, convirtiéndose en el eje de una carrera artística que continúa creciendo.

Su conexión con la música también estuvo profundamente influenciada por su historia familiar. Su madre es organista, su abuela fue trompetista y su abuelo, músico y docente, dejó una huella imborrable en su formación humana.

Aunque en un principio aquella constante presencia musical incluso llegó a alejarla del piano por sentirse sobreestimulada, terminaría encontrando en el violonchelo una identidad completamente propia, distinta a la tradición instrumental de su familia.

Uno de los momentos más determinantes llegó al finalizar el colegio, cuando debía decidir qué estudiar en la universidad.

Para muchos jóvenes, la respuesta habría sido elegir entre una carrera profesional considerada «segura» o continuar con la música. Sin embargo, María José nunca logró imaginar una vida sin ninguna de las dos.

Ingresó simultáneamente al Tecnológico de Costa Rica (TEC) para estudiar Ingeniería en Diseño Industrial y al Instituto Nacional de la Música, una decisión que transformaría por completo su rutina durante los siguientes años.

La determinación de sostener ambas carreras estuvo respaldada por personas que marcaron profundamente su camino, especialmente la reconocida profesora de violonchelo Sonia Barth, quien comprendió desde el primer momento el enorme desafío que implicaba estudiar dos carreras universitarias al mismo tiempo.

«Estoy segura de que sin ella en mi camino no habría logrado mantenerme en ambas carreras.»

Ese apoyo resultó fundamental para demostrar que era posible construir un proyecto de vida diferente, donde la ciencia y el arte no compitieran entre sí, sino que se fortalecieran mutuamente.

Con el tiempo, esa decisión terminaría demostrando que las oportunidades pueden surgir de los lugares menos esperados. Paradójicamente, fueron los primeros trabajos relacionados con el violonchelo los que comenzaron a abrirle puertas profesionales incluso antes que la propia ingeniería.

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Cuando La Música Comenzó A Abrir Las Puertas Del Mundo

Existe una reflexión que María José repite constantemente porque resume gran parte de su historia.

«Lo más irónico es que mis primeros trabajos me los dio el violonchelo.»

Mientras muchas personas pensaban que la ingeniería sería su principal fuente laboral, fue precisamente la música la que comenzó a sorprenderla una y otra vez.

Originaria de Puntarenas, una provincia donde la formación especializada para violonchelistas es limitada, pronto empezó a recibir propuestas para impartir clases gracias a la necesidad de docentes especializados en la región. Poco después llegaron las primeras giras internacionales.

México, Estados Unidos y posteriormente España aparecieron en su recorrido gracias a la música, confirmándole que el camino artístico también podía ofrecer oportunidades profesionales de enorme valor.

Aquellas experiencias no solo ampliaron su visión del mundo, sino que reforzaron una idea que hoy transmite constantemente a sus estudiantes: ningún sueño pierde valor por parecer menos seguro que otro. En ocasiones, precisamente aquello que genera más incertidumbre termina convirtiéndose en la mayor fuente de crecimiento personal y profesional.

El Desafío De Vivir Dos Carreras Al Mismo Tiempo

Hablar de disciplina suele ser sencillo hasta que aparecen las primeras dificultades. En el caso de María José, sostener simultáneamente una exigente carrera universitaria en el Tecnológico de Costa Rica (TEC) y la formación profesional en el Instituto Nacional de la Música implicó llevar su cuerpo y su mente al límite.

Los días comenzaban antes del amanecer y terminaban entrada la madrugada. Vivía sola en San José, lejos de su familia en Puntarenas, por lo que además de asistir a clases debía hacerse cargo de todas las responsabilidades cotidianas: cocinar, lavar la ropa, limpiar su hogar y desplazarse constantemente entre distintas ciudades para cumplir con sus obligaciones académicas.

«Había días en los que terminaba un trabajo del TEC a las tres de la mañana y a las cinco ya estaba tomando el tren para llegar a clases.»

Aquella rutina parecía sostenible durante un tiempo, pero el desgaste comenzó a pasar factura. En el tercer y cuarto año de sus estudios llegó uno de los momentos más complejos de toda su formación.

Mientras la ingeniería demandaba entregas semanales y proyectos de alta complejidad, el Instituto Nacional de la Música exigía memorizar completamente el repertorio interpretativo. Su mente simplemente dejó de responder.

«No podía memorizar. Iba a clases, estudiaba muchísimo, pero mi cabeza ya no podía.»

El estrés había alcanzado un nivel que afectaba directamente su capacidad cognitiva.

El punto de quiebre llegó después de un examen especialmente difícil.

Convencida de que no estaba a la altura de las exigencias musicales, María José consideró seriamente abandonar el violonchelo. No era una decisión impulsiva. Muchos compañeros que también cursaban dos carreras habían tomado exactamente ese camino.

Sin embargo, ocurrió algo que cambió completamente el desenlace de aquella historia.

Su profesora, Sonia Barth, lejos de aceptar aquella renuncia anticipada, identificó que el verdadero problema no era la falta de talento, sino el agotamiento extremo provocado por años de exigencia constante.

«Usted no puede memorizar porque está pasando una crisis de estrés muy grande.»

Con apoyo psicológico y una adecuación académica, logró reorganizar su proceso de aprendizaje hasta recuperar la estabilidad necesaria para continuar.

Hoy recuerda ese episodio como uno de los mayores aprendizajes de su vida.

Más que enseñarle sobre música, comprendió la importancia de reconocer los propios límites, pedir ayuda cuando es necesario y entender que incluso las personas más disciplinadas necesitan espacios para recuperarse.

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De Puntarenas Al Mundo

Cada paso dentro de la música representó un desafío adicional por el contexto del que provenía.

Creció en Puntarenas, una provincia donde durante muchos años fue difícil encontrar profesores especializados en violonchelo. En más de una ocasión recibió clases de docentes cuya formación pertenecía a otros instrumentos.

Lejos de utilizar esa realidad como una excusa, decidió convertirla en un impulso permanente para seguir aprendiendo.

Cuando finalmente ingresó al Instituto Nacional de la Música, el contraste fue enorme.

Se encontró rodeada de estudiantes que llevaban años de ventaja técnica, muchos de ellos formados desde la infancia con profesores especializados.

«Fue traumático. Llegué y veía compañeros mucho menores que yo tocando muchísimo mejor.»

Aquella comparación alimentó durante un tiempo una profunda inseguridad. Se preguntaba constantemente qué habría ocurrido si hubiese tenido las mismas oportunidades desde pequeña.

Sin embargo, con paciencia, trabajo diario y una enorme capacidad de adaptación, logró nivelarse hasta compartir escenario con quienes antes admiraba desde la distancia.

Hoy observa esa etapa con otra perspectiva.

«No tuve las mismas oportunidades, pero sí tuve las ganas de alcanzarlas.»

Entre los momentos más significativos de su carrera aparecen las giras internacionales, experiencias que transformaron por completo su visión sobre el alcance de la música.

El violonchelo la llevó primero a presentaciones fuera de Costa Rica y posteriormente a una de las experiencias más emocionantes de toda su vida: la gira de la Orquesta Sinfónica Juvenil por España.

Durante ese recorrido ofrecieron conciertos en nueve teatros distintos, compartiendo escenario con destacados músicos y representando al país en escenarios internacionales.

Pero hubo un instante que permanece intacto en su memoria.

Al finalizar el último concierto tomó el teléfono, llamó a su madre y apenas pudo contener la emoción.

«Mami… estoy en España. De Puntarenas para el mundo.»

No era únicamente la satisfacción de haber completado una gira internacional. Era la confirmación de que todos aquellos años de sacrificio, incertidumbre y esfuerzo habían valido la pena.

En ese momento sintió que también estaba honrando a quienes la acompañaron desde el inicio: su familia, sus profesores y especialmente a su abuelo, quien había sido músico y falleció antes de verla cumplir muchos de esos sueños.

La Fractura Que Cambió Su Forma De Entender La Música

Si la gira por España representó uno de los momentos más felices de su carrera, pocos meses antes había enfrentado probablemente el desafío más difícil de toda su vida artística.

Una fractura en el dedo anular de la mano izquierda puso en riesgo aquello que más amaba.

Para cualquier persona podría parecer una lesión menor. Para una violonchelista profesional significaba enfrentarse a la posibilidad de no volver a tocar con el mismo nivel.

La recuperación fue lenta.

Los primeros ensayos apenas podían durar diez minutos antes de que el dolor obligara a detenerse durante casi una hora.

«Tuve que sacar mucha valentía para soportar el miedo de pensar que tal vez no iba a lograr volver.»

A ese proceso físico se sumaron situaciones personales que afectaron profundamente su estado emocional.

Ella misma reconoce que llegó a atravesar momentos muy difíciles, pero también descubrió algo que marcaría para siempre su manera de enfrentar las adversidades: la importancia de la red de apoyo.

Sus padres, amigos, compañeros, estudiantes y superiores laborales estuvieron presentes durante todo el proceso.

Cada mensaje, cada abrazo y cada gesto de acompañamiento se convirtieron en un impulso para continuar avanzando cuando parecía imposible hacerlo.

Menos de un año después logró recuperar el nivel interpretativo que tenía antes de la lesión.

Más que una recuperación física, fue una demostración de resiliencia.

«Ahora cada vez que toco lo vivo de una manera completamente distinta. Entendí que la música puede perderse en cualquier momento y por eso hoy agradezco cada oportunidad de volver a tocar.»

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Enseñar Para Que Otros Lleguen Más Lejos

Si hay un aspecto que atraviesa toda la historia de María José Sevilla Moreira es su vocación por compartir el conocimiento. Más allá de los escenarios, los conciertos o los reconocimientos académicos, su mayor satisfacción parece encontrarse en el aula.

Actualmente se desempeña como docente en distintas instituciones de Costa Rica, entre ellas el Colegio Científico de Puntarenas, donde años atrás fue estudiante, la Escuela de Música de Esparza, el Centro Pedagógico La Villa Creativa en Alajuelita y otros espacios de formación artística. Regresar a esos lugares desde el otro lado del escritorio ha significado cerrar un círculo profundamente emocional.

«Ahora mis antiguos profesores son mis colegas. Todavía les sigo diciendo ‘profe’. Es una sensación muy extraña, pero también muy bonita.»

Para ella, enseñar nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos técnicos. Cada clase representa la oportunidad de brindar a sus estudiantes aquello que muchas veces ella tuvo que buscar por sus propios medios. Haber crecido en una provincia donde el acceso a profesores especializados era limitado marcó profundamente su forma de entender la educación.

Por eso insiste en ofrecer herramientas que permitan a las nuevas generaciones recorrer un camino con menos obstáculos del que ella tuvo que enfrentar. No busca formar únicamente músicos o ingenieros; aspira a formar personas capaces de creer en sus propias posibilidades.

Aunque durante años muchos le preguntaron cómo podía convivir entre dos profesiones aparentemente tan distintas, María José nunca vio una contradicción entre ambas.

La Ingeniería en Diseño Industrial le enseñó a observar problemas desde una perspectiva analítica, mientras que el violonchelo fortaleció una sensibilidad indispensable para comprender a las personas. Con el tiempo descubrió que ambas disciplinas podían complementarse de manera natural.

Uno de los ejemplos más representativos de esa unión es su actual trabajo final de licenciatura, enfocado en el desarrollo de férulas para la rehabilitación de músicos. El proyecto nace de una experiencia profundamente personal: la fractura que sufrió en uno de los dedos de su mano izquierda y el largo proceso que debió atravesar para volver a interpretar el violonchelo.

No es la primera vez que la ingeniería y la música convergen en su vida. Durante sus estudios desarrolló un guante térmico pensado para ayudar a su abuela, quien padecía una enfermedad neuropática. Más adelante también diseñó la identidad visual utilizada por la Orquesta Sinfónica Juvenil durante su gira por España.

Cada proyecto confirma una idea que repite constantemente: la tecnología y el arte pueden convertirse en herramientas para mejorar la calidad de vida de las personas.

Una Familia Que Sembró El Amor Por La Música

Aunque el violonchelo terminó convirtiéndose en el centro de su identidad artística, la música había estado presente mucho antes de que ella decidiera abrazarla.

Su madre es organista y docente de música. Su abuela fue trompetista. Su abuelo dirigió bandas, enseñó durante años y dedicó gran parte de su vida a formar nuevos músicos. Incluso su hermana mayor desarrolló una destacada formación como pianista.

Paradójicamente, esa presencia constante hizo que durante su infancia quisiera mantenerse alejada del mundo musical.

«Creo que estaba sobreestimulada. Al principio hasta llegué a rechazar el piano.»

Sin embargo, cuando encontró el violonchelo descubrió un espacio propio, lejos de cualquier comparación familiar.

Con el paso del tiempo comprendió que la verdadera herencia no era un instrumento determinado, sino una manera de entender la música como un acto de servicio.

Recuerda especialmente a su abuelo acompañándola durante largas horas de estudio, escuchando pacientemente cada escala y alentándola a mejorar la afinación. También conserva la imagen de su madre enseñando música con la misma dedicación con la que atendía a estudiantes con diferentes capacidades y necesidades.

Esas experiencias terminaron moldeando la profesora que hoy intenta ser.

Cuando María José habla sobre resiliencia no lo hace desde la teoría. Cada una de sus palabras nace de experiencias que la obligaron a reconstruirse.

Superó jornadas agotadoras mientras cursaba dos carreras simultáneamente. Aprendió a convivir con el estrés extremo. Se enfrentó al miedo de sentirse inferior frente a compañeros con mayor preparación. Recuperó la movilidad de una mano que creyó perder para siempre y encontró fuerzas en los momentos más difíciles gracias al apoyo de quienes la rodeaban.

Todas esas vivencias terminaron convirtiéndose en la principal enseñanza que hoy transmite a sus estudiantes.

«No importa lo complicado que parezca un momento. Siempre se puede salir adelante.»

No se trata de una frase motivacional aprendida de memoria. Es una convicción construida a partir de años de esfuerzo, caídas y reconstrucciones personales.

Por eso insiste en acompañar a quienes atraviesan procesos similares. Entiende que muchas veces una palabra de aliento, un gesto de confianza o simplemente alguien que crea en uno puede cambiar completamente el rumbo de una historia.

Cuando se le pregunta cómo le gustaría ser recordada, María José no menciona premios, conciertos ni títulos universitarios.

Su respuesta vuelve una y otra vez hacia las personas.

Desea que sus estudiantes la recuerden como alguien que creyó en ellos cuando más lo necesitaban. Como una docente que luchó para abrir caminos donde antes parecía no haber oportunidades. Como una profesional que nunca dejó de aprender y que entendió que el verdadero éxito consiste en ayudar a otros a descubrir su propio potencial.

«Quiero ver a mis estudiantes llegar mucho más lejos de lo que yo he llegado. Quiero sentir orgullo cuando los vea cumplir sus sueños.»

Ese deseo resume gran parte de su historia. Cada decisión importante de su vida ha estado guiada por la intención de generar un impacto positivo en quienes la rodean.

No pretende ser la mejor violonchelista, la mejor ingeniera o la mejor docente del país. Su mayor aspiración es ejercer cada una de esas facetas con honestidad, compromiso y humanidad.

Más Que Una Historia De Éxito, Una Historia De Convicción

La trayectoria de María José Sevilla Moreira demuestra que los caminos extraordinarios rara vez son los más sencillos. Su historia está hecha de madrugadas interminables, kilómetros recorridos entre Puntarenas, San José y Cartago, horas de estudio, ensayos, proyectos universitarios, rehabilitación física y una inquebrantable determinación por no renunciar a aquello que ama.

Hoy, el violonchelo continúa siendo el hilo conductor de una vida donde el arte y la ingeniería dejaron de ser disciplinas opuestas para convertirse en aliadas. Desde las aulas hasta los escenarios internacionales, cada experiencia confirma que la verdadera vocación no entiende de límites cuando existe pasión para sostenerla.

Quizá esa sea la mayor enseñanza que deja su recorrido. No importa cuántas veces la vida obligue a empezar de nuevo, cuántos desafíos parezcan imposibles o cuántas dudas aparezcan en el camino. Siempre existe la posibilidad de escribir un nuevo capítulo.

Porque, al final, la historia de María José no habla únicamente de música, de ingeniería o de docencia. Habla de una mujer que decidió creer en sí misma incluso cuando el camino parecía incierto; de alguien que convirtió las dificultades en oportunidades y que encontró en el conocimiento, el arte y la empatía una forma de transformar la vida de quienes la rodean.

Y quizás esa sea la melodía más importante que interpreta cada día: la de demostrar, con hechos y no solo con palabras, que los sueños más grandes también pueden construirse paso a paso, con perseverancia, humildad y la firme decisión de nunca dejar de avanzar.

Foto de María José Sevilla Moreira: El Violonchelo Que Llegó Casi Por Casualidad Y La Decisión De No Renunciar A Ningún Sueño